Valer la pena

Blog de Susana Cella

Nombre: S.C.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

30.9.06

Inverosímil e increíble



El genocida miraba al cielo, o para arriba, recibía como una unción de santidad la condena, no era fácil mirarlo, porque así pasa con las imágenes del horror, de la maldad satisfecha de sí. Y con esa misma cara habrá seguido en el encierro levantando la cruz plateada tal vez soñando con nuevas crucifixiones y lentas muertes tan ávidamente cultivadas. No tuvo que esperar mucho, porque uno de los que no consiguió matar, Jorge Julio López, que ahí estuvo simplemente contando algo de lo que sí había hecho el asesino fascista, desapareció. Desapareció como desaparecido, no se lo encuentra ni vagando por Europa, ni muerto, ni en la Casa Rosada ni en ninguna otra parte. Van días, días que sirven para repetir, en parte, las conocidas frases, más otras nuevas no menos tremendas, y lo inverosímil, que sería hoy la sola idea de que alguien, acá, desaparezca del modo que hizo que la palabra misma tuviera definitivamente para nosotros un sentido preminente; retorna y retorna cruda, contundente, como si se desvanecieran los eufemismos que intentaban disfrazar o negar lo que ante los ojos estaba y llevaba a desviar la vista, a mirar para otro lado, y no por esa cara y esos gestos exhibidos por Echecolatz, sino porque se dicen hoy, cuando la incertidumbre y el hecho la devuelve puesta en presente. Pero aun contra todas los desvariados pronunciamientos que no merecen ni el nombre de hipótesis, algo deja ver el oscuro relumbre de la verdad. Un rato antes de la marcha del miércoles 25 de septiembre, varios de los que se preparaban para asistir, nunca habían vivido el hecho en su cruda mostración. No les es desconocido el asesinato que no dejó de sucederse sin solución de continuidad a colimbas, chicos pobres, militantes de barrio, muertos por sobrantes y así. Pero la desaparición propiamente dicha y anunciada, el mensaje de que eso no quedó en un episodio que según algunos fue consecuencia de una década violenta, de demonios, y otras estupideces o canalladas por el estilo, eso no. No lo conocían y expresaban la perplejidad, se les notaba en las apenas esbozadas palabras, incrédulas. Lo inverosímil y lo increíble aquí no eran lo mismo, entre ambas cosas, está la oscura sospecha de que hay una hendidura que no cesa. No se vieron rasgadas de vestiduras como convocó y todavía convoca la palabra genocidio. De cualquier modo las declaraciones siguen, y las amenazas, para enmudecer a los que intentan decir alguna verdad –un periodista en la televisión, los testigos, las voces que sean que vengan a perturbar al coro de las ranas avarientas de seguridades e hipócritas, cuyos caminos continúan como siempre, en el mejor de los mundos posibles. Entretanto, entre medio, en el hiato, se afincan las preguntas irrespondidas, dónde y cómo, día por día, en los sucesivos en que van creciendo los chicos, en que López no se sabe adonde está ni cómo.