Valer la pena

Blog de Susana Cella

Nombre: S.C.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

5.9.06

Corrientes para el Bajo



Le hablaba a cierta persona, para enterarla un poco, del dulce amanecer del centro, de cómo, despacito, empiezan a cantar unos pájaros y que al rato no se oyen casi porque los ruidos de los autos crecen y después como una sinfónica crecen más todavía los motores, los colectivos, y el paso de la gente, con sus hablas, sus apuros y sus dichos y entredichos. Le contaba qué lejos del silencio, de la vida amasándose, embrollada, rumorosa y estridente, de mi ciudad. Me gusta caminarla, con calor y con frío, mirarle su parte de cielo, olerla y, de arriba abajo, de abajo arriba, al norte y al sur, mirar las fachadas y las calles, certificar casi, qué cosa, tal vez de un día para otro está cambiada, un arreglo empezado, un bache, un pozo inaugurado, la pintura de un edificio, alguna cúpula resurgida del hollín y limpia a la luz siguiendo la vida de las casas viejas. En esa tarde en que desde Corrientes y Uruguay tenía que ir hasta 25 de Mayo y Perón, seguí por Corrientes, ómnibus, pocos autos, el aspecto que va tomando previo a una manifestación. Como preparativos serían los que vi en el obelisco alrededor, por el norte y por el sur, la sensación de inmensidad. Corrientes a la altura donde antes estaba el Trust Joyero Relojero y ahora hay un asqueroso Mac Donald, lo pasé de largo, mucho ya no me faltaba, y doblé en lo que primero pensé era Reconquista y resultó ser San Martín. Al anochecer en la city hay pocos autos y poca gente, es mi costumbre que las vereditas de un metro me alcancen a esa hora, y no tenga, como cuando de día, en las horas de los bancos y bolsa, que andar esquivando gente, bajando el cordón, cediendo el paso. Y esta vez se iba cómodo, porque no era por las vereditas, la gente caminaba por la calle sin autos, desviados para cualquier otra parte por los policías, miro un poco, miro, veo que están yendo a Plaza de Mayo, cuántas veces vi gente yendo para ahí, cuántas yo entre los demás, y ahí fue el espanto, yo estaba entre esos otros, como si también esta vez estuviera yendo a la Plaza de Mayo, estaba ahí entre unas señoras con sacos o tapados elegantes, más o menos sport, según, con señores mayores y otros más jóvenes, de camperas de gamuza o trajes y sobretodos, variado, se diría, pero no, había para hacer diferencia, petisos, altos, rubios, pelados, un poco más o un poco menos flacos, y aun no tanto como para que no ganase la semejanza. Porque no eran estas cosas, era el modo, la cara de dignidad ofendida y el rictus de venganza que en los labios llevaban, todos, labios con o sin colágeno, más gruesos o finos, caras de cabellos claros, de ondas, ojos de odio concentrado, gesto de venganza y vindicación de su decencia. La piel de gallina en las piernas, un día de invierno, debajo de las medias, no es cosa cómoda, pero sí la consecuencia, digamos, natural, de encontrarme entre toda esa gente bien, a lo que se me agregaba que alguien, fuera quien fuera, hasta Dios, pudiera confundirse y pensar que yo y ellos... que podía yo estar yendo... que tenía algún tic parecido, si inclusive al verlos, los policías de chalecos anaranjados parecían buenos. La primera reacción fue gritarles fachos hijos de puta, pero el instinto de preservación ganó, ¿serían todos contra mí o tal vez alguna otra persona como yo, había caído por causalidad en la calle San Martín y le estaba pasando lo mismo? Doblé, creo que por Bartolomé Mitre, nombre por demás indicado para enfatizar esta situación, ahora la sombra del prócer de ellos, pero mejor el fantasma ése que tenerlos ahí al lado, tangibles. En la lateral había menos, avancé más, llegué finalmente a Reconquista y a 25 de Mayo, y de nuevo los encontraba, clones y clones nacidos y criados en un país donde nacieron, se criaron y gobernaron unas gentes capaces de estar torturando a una parturienta, ponerle a uno de los hijos muertos sobre el pecho, y mostrarle al que estaba sobreviviendo, un poco más lejos, chiquito, indefenso, negado a los brazos de la madre, a su aliento, alimento y calor, a que se muriera de espanto y de frío en una cámara de esas que los bien vestidos, airados y republicanos quieren repartir, y eso que de repartir no son, entre los que, como ese bebito, como esa madre, no pueden defenderse porque son chicos, o pobres, o malditos demonios, o todo junto. Infames inventaron una teoría, en cuya ridiculez me puse a pensar precisamente cuando leía esta historia de tortura y muerte, sólo que si hubiera sido nomás ridiculez, tan terrible no sería, un poco de risa y lástima tal vez bastaran. Sino que esa teoría con toda su ridiculez fue facturada, creída, divulgada, establecida, y todavía, todavía, anda ahí subyaciendo, anda como andan algunos, que no fueron claro a esa marcha de inconfundible fascismo de cuya concurrencia la excepción son algunas víctimas, algunos que fueron con las fotos, y que pensaban en la violenta muerte, el crimen, en el familiar asesinado. Pero no los más, no las señoras soberbias, no los señores con cara de mano dura, ni mucho menos las patéticas y siniestras figuras ahí presentes. ¿Dónde están las caras menos ostensibles de todo esto? Espiando seguramente a ver qué pasa y esperando que se haga el lugarcito confortable para entrar triunfalmente. Entretanto, hay cosas para entretenerse, discusiones bizantinas que proponer, protestas y declaraciones enaltecedoras, alguna cosa que firmar sin más riesgo que el de las señoras y señores paseando por la city contemplados por los frentes discretamente iluminados de sus queridos bancos y sociedades anónimas.