Valer la pena

Blog de Susana Cella

Nombre: S.C.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

6.6.06

La sinécdoque y las zapatillas negras



La sinécdoque es una figura retórica, y aunque siempre anda en confusión con algunas formas de la metonimia, al fin y al cabo se usa para decir que alguno ha nombrado la parte por el todo. Se supone que las figuras estas son cosas de la antigüedad grecolatina, los neoclásicos y los estructuralistas, o sea, según la afiebrada posesión de la novedad, viejas, como la novedad misma es también. Porque la novedad, tan diferente de lo nuevo (tan sin otro sentido, todo lo más y todo lo menos, que decir que algo no estaba antes y está ahora, sin que esto lleve a pensar, salvo para alguno que se crea que las cosas van de mejor en mejor) es vieja en tanto tal, nada más varían los fugaces objetos novedosos. Lo de la sinécdoque, en este caso, no tiene que ver aquí, lamentablemente, con algún sentido nuevo que sale de mirar con agudeza lo que anda ahí delante, lo que estaba y de ese modo no había sido visto, lo que no se va y se queda y espera mudamente, sino con un fenómeno que la hace circular como billete manoseado que así y todo no deja de tener su valor de cambio. Los ejemplos típicos de esta figura que significa al todo por la parte suelen ser, digamos, "Washington considera...", en lugar de "el gobierno de los Estados Unidos considera o los políticos de dicha ciudad consideran..." o "la Corona de España", en vez de, en esta época, Juan Carlos de Borbón y familia. En tales casos podría ser un mero resumen o un énfasis. Pero la figura esta, la sinécdoque, como todas, por otra parte, acude a conformar los discursos, moldea la expresión del pensamiento y siembra sus efectos. No es lo mismo nombrar algo como parte de un conjunto que declarar certeramente esa parte como totalidad. Así, por ejemplo, si, digamos, mi sobrino, y agreguemos, diez amigos de mi sobrino, más otros diez, quince, amigos de los amigos de mi sobrino, y sumemos, otros cincuenta no amigos de mi sobrino y tal vez unos cincuenta más, usan zapatillas negras, entonces afirmo sin que por un momento siquiera me detenga a preguntarme si no será mera suposición de mi parte, percepción errada, sin que se me pase por la mente que tal vez debería considerar que el mundo es más grande, más vario y más heterogéneo de lo que puedo, en una ojeada percibirlo, afirmo, decía, que todos los adolescentes usan zapatillas negras. Y siguiendo con mis impensadas hipótesis, concluyo que todos los adolescentes usan zapatillas negras porque odian las zapatillas blancas, las zapatillas de dos colores o tres o cuatro, los zapatos, las botas, etc., y digo también, ya que estamos, que odian todas esas zapatillas o calzados porque no les gustan los colores y prefieren la ausencia de estos mismos. De manera que esas zapatillas negras demuestran claramente, sin la menor sombra de duda, cosa que este tipo de razonamiento no sabe ni qué diablos es, que los adolescentes en su totalidad, y aquí viene el gran verbo, son –les asigno una esencialidad-, partidarios del no-color, de la oscuridad, o de lo que fuera que se me ocurriera asociar con una zapatilla negra. Cosas oyeres o leyeres, que non crederes. El punto justamente, es que una inocente figura según cómo funcione en un discurso, puede inducir creencias tan disparatadas como la de que todos los adolescentes usan zapatillas negras, o verdes, o rojas o a rayadas.