Valer la pena

Blog de Susana Cella

Nombre: S.C.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

28.1.06

La escritura del horror




El 28 de enero de 1853 nació en La Habana José Martí, como ayer los doscientos cincuenta años de Mozart, -ambos consignados por el envío diario de "The Word of the Day"-<word.of.the.day@farlex.com>- esos imposibles cumpleaños tienen el no poco meritorio efecto de que uno dedique algún tipo de atención a lo que sigue pesando en la memoria de los vivos, al valor de los legados. Tal vez por esto quise rescatar algunos fragmentos de un viejo texto mío, quizá también influyó el hecho de haber visto, precisamente también ayer, una película en que Albert Finney protagonizaba a un irlandés que quería, en Dublin, montar, una representación de la Salomé de Oscar Wilde.

En 1882 Oscar Wilde, lejos de la decrepitud y la desesperación del final del su vida, se presentaba triunfalmente en el Chickering Hall de Nueva York, uno de los oyentes fue José Martí, que dedicó a ese evento una magnífica crónica. Más de una década antes, Martí había publicado, al llegar desterrado a España (1871), una devastadora denuncia acerca del presidio, surgida del puro dolor en los meses que pasó en las canteras de San Lázaro adonde el gobierno español, dueño entonces de la isla, enviaba a los presos políticos. La causa por la que en 1895 -año de la muerte de Martí en Dos Ríos- Oscar Wilde conoce la cárcel es bien diferente. Vuelta en su contra la querella iniciada por el mismo Wilde al marqués de Queensbery, Wilde, maldito y despreciado por la rápida extensión de una puritana indignación, como vio Joyce en el artículo que le dedicara, es condenado a trabajos forzados en la prisión de Reading. En 1898 publicaría el largo poema escrito en Bernaval un año antes, La balada de la cárcel de Reading (The Ballad of Reading Gaol). Vinculaciones, confluencias entre ambos, Martí y Wilde, desde un imaginario anclado todavía en el siglo XIX, pero ya vislumbrando una irreversible modificación a producirse muy próximamente, y sabiendo que se trataba de un tiempo distinto del de ellos, han dejado un testimonio que involucra junto con la crueldad que persiste y se ha acentuado, la cuestión también vigente de cómo hablar, cómo mostrar, ¿representar? ¿mimar? ¿referir? ¿narrar, describir, poetizar? etc. el horror.
Dice Martí: "Ninguna pluma que se inspire en el bien, puede pintar en todo su horror el frenesí del mal. Todo tiene su término en la monotonía. Hasta el crimen es monótono..."
Es la conciencia de los límites de la ficción y ante eso Martí enfrenta el desafío de poner palabra donde no la hay, donde, en gran medida, no la puede haber, es encontrar el modo de hablar, pudorosamente, como dice Martí que ha de ser el dolor, pudoroso.
El sufrimiento absoluto que cae sobre el hombre que se hace cargo, en su cuerpo, de las culpas de los demás, que en sus llagas muestra la injusticia del mundo, puede estar presente con igual fuerza en la austera religión martiana, más proclive a un deísmo y en todo caso un cristianismo austero, y en el católico Oscar Wilde, quien encontraría en la religión de su tierra natal, el lugar del perdón. La comparación de la cárcel con el infierno (hell/ cell) en Wilde, es también un tópico que aparece en Martí cuando alude al infierno dantesco. La cadencia y la meditativa exposición en la Balada, habla de una reflexión que puede muy bien asociarse con De Profundis con un final desengaño y retiro, diametralmente opuesto a la vehemencia de quien acusa con violencia y voluntad de combate, a lo que es la causa de tanto padecer, es decir, un gobierno español que se dice democrático, y este es el punto donde Martí encuentra una contradicción hipócritamente disimulada, hipocresía que lo lleva a las sucesiones de apóstrofes en segunda persona: "Canten, canten, loen, aplaudan los diputados de la nación" (Canto IX)
En Wilde, hay algo así como un estado de cosas que excede una coyuntura, para volverse una condición:
No sé si las leyes son correctas
o si las leyes se equivocan
Todo lo que sabemos los que estamos en prisión
es que el muro es grueso
que cada día es como un año
un año que tiene largos días.
Pero esto sí sé, que toda ley
que los hombres han hecho para el Hombre
Desde que el primer hombre tomó la vida de su hermano
y el triste mundo comenzó,
no hacen sino paja el trigo y preservan la escoria
con un malvado abanico.

Esto también sé, y bueno sería
si cada uno lo supiera
que toda prisión que los hombres hacen
se hace con ladrillos de vergüenza
y se cierra con barras para que Cristo no vea
cómo los hombres mutilan a sus hermanos.

La apelación a los principios de justicia e igualdad del Evangelio, en ambos casos, se revierten contra los supuestos defensores del mismo. Con mayor crudeza en Martí, con contenido enojo y rabia que asoma algunas veces en el tono exclamativo en Wilde, ambos muestran el envés de un sistema, por eso menos que una ocasión, un hecho irregular, el presidio aparece como la otra escena de la burguesía: "El presidio es una institución del Gobierno", dice Martí en tono enfático y enjuiciador respecto de la "integridad nacional" de los españoles.
Los guardias se ven particularmente -y como en espejo, o como Dorian Gray- en los cuerpos de las víctimas: llagas, heridas purulentas, cuello quebrado, cicatriz; figuraciones de la crueldad
Tanto Martí como Wilde eligieron el lugar del testigo, de quien cuenta lo que ha visto, desde su propio sufrimiento nombran el de los otros, así conformaron las escenas donde se nombra la violencia ejercida y padecida. En Martí promueve la descripción vibrante: "Aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango".
Y en Wilde hace virar la cadencia de la balada hacia la exclamación:

¡Lo colgaron como se cuelga a una bestia!
Ni siquiera le cantarón un requiem
que habría podido aliviar su alma atormentada
sino que enseguida lo bajaron y escondieron en el pozo
Los guardias le arrancaron la ropa
y lo dieron a las moscas...


"Toda la serie de sucesos que yo no nombro, porque me avergüenza la miseria ajena" dice Martí, y en su reticencia revela también el problema de los límites de la palabra, cómo hablar sobre ese real que es el cuerpo torturado y muerto. El silencio impregna todo el texto de Wilde, desde la contenida pasión con que habla del condenado a muerte, en cómo define a los presos: the silent men, en el silencio de las acciones que quedan sepultadas por la ominosa rutina del espanto (silently we went round and round); en dos estrofas que acumulan nombres de lo que se sufre: "monsterous, horror, dreadful, terror".
La cárcel se escribe por medio de alusiones, alegorizaciones y elusiones que tanto uno como otro diseñan tomando de las tradiciones aquellos elementos que permiten hablar con y contra el silencio en tanto cesación de toda palabra y borde de lo nombrable. El Presidio... y la Balada... no sólo nos enfrentan al horror institucionalizado, también muestran, al revés que tantos textos donde lo macabro parece rondar la obscenidad, de qué modo es posible hablar de las experiencias extremas para mostrar espantosa realidad.