Valer la pena

Blog de Susana Cella

Nombre: S.C.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

18.1.06

Para escribir una fábula

Las hojas pegadas sobre la pared en filas paralelas indican algún orden, uno que le fuera necesario para que después, vuelto sobre otras tantas páginas escritas, le diera la turbulenta estructura a una fábula.
Se diría que las rectas hacen falta para originar un helicoidal suceso. O una guerra para buscar paredes claras donde transmutar el crimen en letras, y, en contrapartida, hacer que esas mismas letras en tal disposición, configurando tales palabras y extensas frases anudadas, hagan perceptibles tanta devastación y crimen.
Así, por ejemplo:
...Había sido el instinto, la inquietud, lo que los había puesto en camino: el impulso que los empujaba desde hacía una hora (en el caso de algunos de ellos, veinticuatro) los había conducido hasta allí, arrojándolos como un montón de detritos contra la alambrada (en otro tiempo, en los días ya muertos y desaparecidos de lo que las naciones llamaban paz, el campo de prisioneros había sido fábrica: un rectángulo de muros de ladrillo cubiertos de pacífica hiedra, convertido un año atrás en centro de entrenamiento y reemplazo mediante la adición de una cincuentena de geométricos barracones de planchas y cartón alquitranado, construidos con materiales comprados con dinero estadounidense, aserrados en trozos numerados por máquinas estadounidenses del otro lado del Atlántico, transportados desde allí y erigidos, por ingienieros y artesanos estadounidenses, como espantoso monumento, símbolo siniestro de la escandalosa eficacia y velocidad de una nación, y convertido de nuevo, ayer mismo, para el regimiento amotinado, en corral inaccesible, gracias a la adición de barricadas con alambres electrificados, torres con reflectores, plataformas para ametralladoras y pasarelas elevadas para los centinelas; zapadores franceses y tropas auxiliares seguían edificando otras barricadas y tendiendo otros hilos mortales para coronarlas), abandonándolos después, dejándolos tendidos a lo largo de la barrera formando una masa inextricable, como víctimas resucitadas después de un holocausto, mirando estupefactas a través de la alambrada tensa, pérfida, infranqueable, del otro lado de la cual el regimiento había desaparecido tan completamente como si nunca hubiera existido, mientras que todo el entorno -la primavera soleada, la alegría de la mañana, el cielo lleno de cantos de alondra, el hilo de hierro, flamantemente nuevo, resplandeciente (que, desde lo bastante cerca como para tocarlo, seguía teniendo el aspecto frágil y efímero de oropeles navideños, dando a los equipos de obreros entrevistos a través de los rollos de alambre el aspecto inesperado de campesinos instalando la decoración para una fiesta parroquial), la plaza de armas desierta, los barracones desolados y los senegaleses que los vigilaban deambulando allá arriba, de un extremo a otro de las pasarelas y prestando a sus sucios y lamentables uniformes una despreocupación fastuosa y teatral, como si se tratara de una compañía de minstrels de los Estados Unidos con la cara embadurnada y vestidos a toda prisa en una casa de empeños- parecía contemplarlos desde lo alto, absorto, inescrutable y desinteresado...