Valer la pena

Blog de Susana Cella

Nombre: S.C.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina

8.4.06

Residencia en la tierra


La escena: una fiesta familiar. Está el reencuentro con los parientes, están los parentescos hechos por las afinidades electivas o por azarosos amores y desamores. En una ángulo claro del salón tres invitados hablan de lo que según parece anduvieron leyendo por los diarios de política y estrategias, al lado de una ventana oscura que no deja ver, por oscura y por tapada en parte con la cortina, qué es lo que está pasando afuera. En otro recoveco, no lejos, donde la noche no se ve porque las cortinas cubren completamente los vidrios, alrededor de la mesita con canapés, sandwiches y calentitos, están conversando otros y sale el tema de los bolivianos que habían perturbado el viaje a algunos de los que finalmente pudieron arribar para divertirse sanamente y en familia. De estos, unos seis, cuatro por lo menos eran judíos, sus abuelos o bisabuelos llegaron a la tierra prometida donde encontraron en lugar de leche y miel, la Liga Patriótica, la ley de Residencia, los largos bonetes y estrellas cosidas a sus caras, invisibles, pero no por eso menos presentes. De no haber sido por la ropa, los modales, el decorado del ambiente, la manera de hablar, y algunos otros accidentes, que claramente indicaban el ascenso social de estos descendientes, de piojoso a piojo resucitado, en su charla, eso que para los antepasados fue peligro, revivía triunfante. Con sólo cambiar alguna de las palabras, por ejemplo, boliviano o coreano por judío, igualmente se trataba de intrusos, lacra que había que expatriar, ingratos que venían a aprovecharse de la gran bondad argentina para todos los hombres del mundo que quisieran habitar su suelo magnífico y lleno de riquezas, democracia y buena voluntad, esos, ladrones, aprovechados. Y nosotros, decían así, no hacemos nada y todavía les damos... la oportunidad de que unos viles, y compatriotas de ellos, tan viles como los propios nuestros, los importen para que dejen su vida arriba de una máquina, de una cama de prostíbulo, en la calle fría o recalentada, nosotros, generosamente desentendidos del género humano... y todavía, estos cretinos se atreven a protestar.
Ahí se le dio a una de las mujeres la ocasión de decir lo suyo, elegante , según apreciaría ella que era, con la pollera de dudosa seda, la remera con hombro al descubierto y el pelo abrillantado, cuenta cómo enfrentó a un vecino suyo, boliviano, el día en que hizo ruido con una máquina, sencillamente fue, le tocó el timbre, no le respondieron, empezó a patear la puerta, como corresponde a una dama, salió el hombre, le dijo ella que si no terminaba con el ruido le iba tirar querosene (y fósforo encendido, no hizo falta que lo mencionara) sobre el toldo boliviano, desde la ventana argentina. No calculó la piromaníaca hasta dónde podría llegar el fuego. Lo contó como una hazaña propia, un canto propio a su propia valentía, el boliviano apagó la máquina y según dijo, al día siguiente la saludó con amabilidad y trato de "señora" y nunca más hubo ruido.
No es lo más importante que esta historia sea cierta, no es tampoco muy confiable la fuente, una mujer de pelo y piel estirados, dura y derecha como un palo, como su alma, si es que tiene, y viuda de un señor que le llevaba unos treinta o más años y que antes de morir, y de casarse con ella y dejarle su pensión, se había modificado el apellido para que no quedara ni pizca de relación con nombre hebreo o idish o judío, y se había hecho militar. La señora dijo que la solución era muy sencilla, que se vayan, nadie los llamó, que se vayan, y en su espíritu, y sin que ella lo supiera, la ley de residencia probaba su larga eficacia más allá del siglo transcurrido. Que haya o pudiera haber sucedido, con ser terrible, no es, quizá, quizá porque por suerte no sucedió y no hubo incendio, lo peor. Lo peor es que la señora lo cuente como una hazaña y que los otros aprueben y le hagan el coro con país generoso, nosotros somos unos tontos por dejarlos entrar, habría que hacer como en Estados Unidos, si no tenés tarjeta no te atienden en ningún hospital, que se vayan y sigue la música hasta que a los novios se les da por cortar la torta, tirar flores y brindar emocionados por tanta felicidad ahí, abajo de ese techo cobijador, sobre la gloriosa tierra argentina.

4 Comments:

Blogger cienveces said...

Sí, se me hace que lo peor de nuestro racismo es que es soterrado, no reconocido, aunque, como todo, se las ingenia bien para manifestarse de estas maneras tan escalofriantes.
Bárbaro su post.

11:26 a. m., abril 11, 2006  
Blogger gabriel said...

Es increíble, escuchar el racismo y la xenofobia, pero como decís, es más terrible aún si viene de gente que pertenece a una minoría discriminada. Hace poco tuve una discusión sobre las caricaturas de Mahoma, un conocido había mandado un mail con una bandera de dinamarca de fondo y una insignia q rezaba: apoyo la libertad de experesión danesa. Esta persona, de origen judío, no quería aceptar q lo q estaba haciendo era discriminar, en un contexto en el q el musulmán tiene que bancar este pesado prejuicio sobre su espalda. Le envié un artículo de 1938 de La razón en donde el judío era caricaturizado de la misma manera, en un contexto en el q el antisemitismo era parte de las ideologías dominantes.
Cero, esta persona argumentaba estupideces y no caía q lo q él hacía era discriminar. Me di cuenta q era al pedo seguir discutiendo. Habrá q transformar de otra manera.

11:52 a. m., abril 12, 2006  
Anonymous silvia said...

Podría pensarse que en el inconsciente colectivo se recrea la implacable ley de la repetición. Despliego sobre mi semejante desvalido la violencia discriminatoria que sufrieron mis abuelos.
O es lisa y llana hijiputez. Muy bueno el post, Susana.

6:05 p. m., abril 16, 2006  
Anonymous NEGRONI said...

Yo, en cambio, coincido con la señora del kerosene.

Es mi humilde opinión.

Gracias por escucharme

12:51 a. m., diciembre 01, 2006  

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